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El carnaval que no disfrazó a la tristeza.

lunes, 27 de febrero de 2017




Llegó el Carnaval, pero la algarabía del primer puente vacacional del año no se percibe. El rey Momo solloza junto a los padres que se esfuerzan para que sus hijos vivan un feriado multicolor. Sin embargo, las billeteras no pueden disfrazar los altos costos. Las guerras con bombas de agua son ensoñaciones  en tiempos de sequía y racionamiento. Ni Celia Cruz resucitada alegraría esta triste parranda

“¡Mamá, mamá! Mira ese disfraz de Spiderman”, dice un niño que transita junto a su madre por la avenida Río de Janeiro de Las Mercedes mientras señala con la mano que tiene suelta un maniquí de la tienda Halloween. Los colores azul y rojo de la licra que lo cubre captaron su atención. Sus ilusos ojos no reparan en la etiqueta, ni en la aparente mala calidad de la mercancía. La inflación no le habla a la infancia. “No pienso pagar diez mil bolos por un disfraz que vas a usar una vez. Vamos”, le responde su madre, casi hastiada.

Esa no será la primera ni la última madre que pasará de largo ante el maniquí, ignorando las peticiones de su prole. La crisis económica impactó las festividades. La inflación galopante conlleva a remarcar precios y la escasez a la austeridad en el uso de recursos. Hasta se piensa dos veces antes de lanzar papelillos en la Venezuela del socialismo del siglo XXI.

Las piñaterías y tiendas de disfraces están concurridas, pero pocas personas se acercan a la caja registradora. Los padres están en peregrinación, no solo para conseguir el atuendo de moda, sino para hallar alguno que se ajuste al bolsillo. Los superhéroes de The Avengers son los más populares entre los varones, mientras las clásicas princesas de Disney siguen imperando en la preferencia de las niñas.

En el centro de Caracas, la magia de Disney se desvanece cuando lucir los vestidos clásicos de las princesas la Cenicienta, Bella o cualquier otra figura que porte corona y cetro puede sobrepasar los 40.638,15 bolívares de sueldo mínimo. Mientras en 2016 disfrazarse de realeza se calculaba en 14.334 bolívares, este año un disfraz de princesa se cotiza en 41.036 bolívares y el de príncipe en 53.900. De acuerdo con informaciones del portal El Interés, esta cifra puede duplicarse en el este de la ciudad y alcanzar 100 mil bolívares. Entretanto, ser el Capitán América o Thor por un día es un acto heroico. Solo el vestuario cuesta entre 10.750 y 35.000 bolívares, lejos de los 15.900 bolívares que marcaban hace un año.

Los Carnavales ya no son una celebración rentable, ni para padres ni para comerciantes. En la piñatería El Venezolano, en la avenida Río de Janeiro, decidieron resolver el feriado con el inventario existente hasta la fecha para mantener precios viejos. “La nueva mercancía viene mínimo a 10.000 bolívares al costo para el local. Tendríamos que venderlo en más de 15.000 bolívares para ganarle algo. Nadie va a comprarnos tan caro”, comenta Andy De Vicente, empleado de la tienda en Las Mercedes.

Otros aprovechan la inocencia de la infancia para no incurrir en lujos. La preocupación no embarga a Alejandra Nadal porque su hija Arantza todavía es ferviente seguidora de Frozen. Cuando el  boom de la película animada explotó en 2015, la niña de cinco años de edad imitó a la princesa helada Elsa. Este año renovará la ilusión con un atuendo reciclado. “Me parece innecesario gastar 12.000 bolívares en un nuevo disfraz. En el Tijerazo de Chacaíto vi algunos en 3.000, pero son de mala calidad. Tampoco la voy a vestir con algo que se vea feo”, comenta Nadal, quien también pretende improvisar tantos personajes como se lo permitan su creatividad y un tutú que ya había usado Arantza para un acto escolar.

Beatriz Cancillo recorrió varias tiendas en Chacao hasta encontrar un atuendo para su hija Lucía, de tres años, acorde con su presupuesto y que satisficiera los deseos de la pequeña. “Conseguir un disfraz bonito y bien hecho se ve en muy pocos sitios de Caracas. En las piñatería los venden, pero de mala calidad y no son tan trabajados. Buscaba uno de Cenicienta para Lucía y no lo conseguí. Menos mal que todavía tenía la ilusión de Campanita, le gustó y se lo compré”.  El “resuelve” le costó nueve mil bolívares, casi un sueldo mínimo.

Diana Figueredo le comprará la vestimenta del Capitán América a su hijo Moisés pese a la reducción que sufrirá su cuenta bancaria. Quiere complacer el anhelo del chamo de tres años, pero 11.000 bolívares es lo más económico que ha visto en las vitrinas. Por eso, no descarta la opción del “hecho en casa”. El año pasado confeccionó un disfraz de Pedro Picapiedra y esta vez usará los retazos sobrantes para emular a su pequeño yerno Bam Bam.

Ante la crisis, el intercambio de atuendos se ha convertido en una práctica común entre las madres caraqueñas. “Que te lo presten es una opción porque quedan nuevos luego de que los usan una sola vez, para Halloween o carnavales. Me iban a prestar uno de coquito, pero la malla para acompañarlo me costaba 6.500 bolos y decidí comprarle el de Campanita”, dice Cancillo.

Guerra de sequía

La falta de recursos también ha hecho mella en cómo se vive el carnaval en Caracas. Labores de mantenimiento en el Sistema de Distribución de Agua Potable Tuy II que iniciaron el sábado 25 de febrero mermaron las peleas con bombitas de agua en las parroquias caraqueñas y el estado Miranda, o cualquier posibilidad de darse un buen baño en tiempos de calor. A pesar de que el ministro del Poder Popular para Ecosocialismo y Aguas, Ramón Velásquez, aseguró que el servicio se restablecería el mismo sábado, el racionamiento continúa en distintas zonas del valle capitalino.

El racionamiento no es moda de 2017. El año pasado, a los servicios ya irregulares de distribución de agua en la capital, se le sumó el Plan especial de abastecimiento 2016 presentado por Hidrocapital para controlar, una vez más, la cantidad de agua que se debe consumir por sector en el Distrito Capital. Desde el pasado 4 de enero de 2016, un calendario designó servicios diurnos, nocturnos o ninguno a la semana a cada municipio. Los tiempos en que los niños llegaban a sus casas mojados, víctimas de una pelea de bombitas de agua, parecen haber quedado en el pasado con los controles del Ministerio para el Ecosocialismo y Aguas.

“No he visto ningún ánimo de carnaval como antes, que te esperaban afuera del colegio y te lanzaban bombitas. Eso ya no se ve”, comenta Cancillo, quien espera contar con el servicio en Higuerote, donde vacacionará estas festividades. Aunque el racionamiento abarca las zonas de los Altos Mirandinos, Barlovento, Caracas, Valles del Tuy, Guarenas y Guatire, la situación en el interior del país es una réplica magnificada de lo que se atisba en la capital. A pocos minutos de Boca de Uchire, el conjunto Parque Playa 1 informó a sus residentes –en letras rojas y en mayúsculas- que el pozo que los surte “está seco”, por lo que recomiendan llevar “platos, vasos y cubiertos desechables y así utilizará el vital líquido sólo para el aseo personal”.

Como si la intermitencia del servicio público fuese el único inconveniente, las bolsas de cien globos no se encuentran fácilmente en las piñaterías ni jugueterías y, cuando se consiguen, rondan los 3.000 bolívares, lejos de los 400 bolívares en que se encontraban en las estanterías en 2016. La variedad de pistolas de agua se suma a la lista de insuficiencias. Las jugueterías presentan las armas de plástico en pequeños tamaños que rozan, y en muchos casos sobrepasan, los mil bolívares.

Si se quisiera seguir el plan presentado por Hidrocapital y volver a las épocas en que se usaban huevos en lugar de globos, se tendría que recorrer supermercados y comprarlos según el terminal de su número de cédula al precio regulado de 420 bolívares el cartón de treinta unidades, aunque se consiga en los anaqueles a más de 6 mil bolívares. Ello si corre con la suerte de conseguirlos y decide emplearlos para tal fin, luego de la odisea y con la escasez de alimentos en mente. También puede optar por la venta a precios no controlados, que superan los mil bolívares por cartón.

La crisis económica y de servicios públicos obliga a no pocos a quedarse sin disfraz ni juegos dispendiosos en un país donde, curiosamente, el discurso político ha incorporado a su jerga una expresión de la salsa de Ray Barretto pero también del Carnaval, en época de asueto o no: “quitarse la máscara”. El problema es que en 2017, lo difícil es ponérsela.

Publicado en: El Estimulo
 
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